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Breve análisis bíblico de uno de los pecados más difíciles de controlar
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“Y cantaban las mujeres que danzaban, y decían: Saúl hirió a sus miles, Y David a sus diez miles” 1 SAMUEL 18:7
Este pasaje de las sagradas escrituras anuncia el inicio de una larga carrera de persecución de Saúl en contra de David. La causa es la misma que se ve nítidamente en la historia de la humanidad y que muchas veces culmina como una fría mortaja sobre el rostro del hombre. Es el pecado de la envidia que llenó el corazón de Saúl, transformándolo en un acérrimo enemigo de David; aquel muchacho que fue escogido y usado por Dios para derrotar al temible gigante Goliat y para reivindicar los escuadrones de Israel.
Fue tanto el impacto de la victoria de David sobre el gigante, que el pueblo y las mujeres cantaban y danzaban profiriendo de gran manera tal hazaña. Aquello no agradó a Saúl y terminó abriendo su corazón a la envidia que acabó por destruirlo.

Sin dudas que el tema de la envidia es muy serio y es oportuno tratarlo con frecuencia. Grandes conflictos de relaciones humanas manan desde el manantial de la envidia.
El diccionario presenta este pecado de la siguiente manera:
“Envidia, de acuerdo a las definiciones de la Real Academia Española, es la tristeza o pesar del bien ajeno y la emulación, deseo de algo que no se posee”
Primera definición - Tristeza o pesar del bien ajeno.
De acuerdo a la primera definición la envidia es sentir tristeza o pesar por el bien ajeno. De acuerdo a esta definición lo que no le agrada al envidioso no es tanto algún objeto en particular que un tercero pueda tener sino la felicidad en ese otro. Entendida de esta manera, es posible concluir que la envidia es la madre del resentimiento, un sentimiento que no busca que a uno le vaya mejor sino que al otro le vaya peor.
Segunda definición - Emulación, deseo de algo que no se posee.
De acuerdo a la segunda de las acepciones la envidia se puede encuadrar dentro de la emulación o deseo de poseer algo que otro posee. Siendo en este caso que lo envidiado no es un sujeto sino un objeto material o intelectual. Por lo tanto en esta segunda acepción la base de la envidia sería el sentimiento de desagrado por no tener algo y además de eso el afán de poseer ese algo. Esto puede llegar a implicar el deseo de privar de ese algo al otro en el caso de que el objeto en disputa sea el único disponible.
Una tercera posibilidad para comprender lo que la envidia implica sería la combinación de las dos acepciones mencionadas anteriormente. Cualquiera sea el caso, la envidia es un sentimiento que nunca produce nada positivo en el que lo padece sino una insalvable amargura.
Una de las peculiaridades de la actuación envidiosa es que necesariamente se disfraza o se oculta, y no sólo ante terceros, sino también ante sí mismo. La forma de ocultación más usual es la negación: se niega ante los demás y ante uno mismo sentir envidia.

La envidia revela una deficiencia de la persona, del ser envidioso, que no está dispuesto a admitir. Si el envidioso estuviera dispuesto a saber de sí, a reconocerse, asumiría ante los demás y ante sí mismo sus carencias (tomado de Enciclopedia Libre Wikipedia)


La biblia cataloga a la envidia como pecado y como tal, el tema lo debemos abordar con altura de mira y asumiendo que nuestra pecaminosa naturaleza tiene este germen que se puede desarrollar en cualquier momento y llenar todos los rincones de nuestro corazón. Es menester, acudir inmediatamente a las plantas de Cristo, ante el más mínimo asomo de las aristas de la envidia, ya que como la espuma que no se corta, terminará por llenarlo todo y contaminará inclusive a otros.

La envidia no solo destruye al envidioso, sino que daña profundamente al envidiado. En el ejemplo citado arriba, vemos a un Saúl lleno de envidia que pasó gran parte de sus días odiando y persiguiendo a David, el envidiado. El envidioso ataca, difama y enfatiza los errores y debilidades del envidiado a fin de desacreditarlo. De esa manera, el envidioso logra aplacar parcialmente aquel escozor que le fastidia y le daña desde sus propias entrañas.
La Biblia dice:

“El corazón apacible es vida de la carne; Mas la envidia es carcoma de los huesos” Proverbios 14:30

“Cruel es la ira, e impetuoso el furor; Mas ¿quién podrá sostenerse delante de la envidia?” Proverbios 27:4

En ambos textos, la descripción de la envidia revela la crueldad y la potencia de tal pecado. Primeramente se presenta como carcoma de los huesos, lo que nos hace pensar del progresivo daño que la envidia produce desde una condición mínima inicial hasta un extremo fatal. Es como la faena lenta y sigilosa de las larvas que perforan la madera hasta el punto de derribar la construcción. La envidia carcome, destruye y derriba lo que tomo tiempo en construir.

Por otra parte, la Palabra de Dios presenta a la envidia en un sentido superlativo. Sobre la ira o el furor, se sobrepone la envidia, es más, la retórica de Salomón precisa: “¿quién podrá sostenerse ante la envidia?” Es una pesada locomotora que al más mínimo descarrilamiento arranca de raíz a los árboles y a cuanto obstáculo se ponga a su paso. La envidia no perdona, se ensimisma y contamina sin misericordia.

La biblia se encarga de confirmarnos que nuestro corazón es un continuo productor de envidia, por lo tanto, es imperiosa la necesidad de observarla cual centinela mira en las rejas al prisionero que desde allí no debe salir:
“estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades” Romanos 1:29

“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: …envidias…” Gálatas 5: 20-21
En vano ocultamos esta condición ya que el Señor nos conoce plenamente. Por lo general, el envidioso oculta sus sentimientos y no está dispuesto a reconocer tal pecado. El cristiano inmaduro y que adolece de envidia, nunca reconocerá lo que esta sintiendo y difícilmente pedirá perdón por tal pecado, que ni él reconoce que lo tiene desarrollado.
No obstante, si el cristiano maduro llega a sentir envidia de algo o de alguien, inmediatamente acudirá al trono de la gracia de Dios para pedir ayuda, a fin de arrestar nuevamente en las celdas perpetuas, a aquella salvaje bestia desmenuzadora que constantemente esta amenazando. Si dejamos salir la envidia, los daños son insospechados. Tanto el envidioso como el envidiado, son afectados por este pecado.
La Biblia es insistente en tratar este tema que se da con tanta frecuencia en las relaciones interpersonales tanto en lo secular como en la iglesia:
“Andemos como de día… no en contiendas y envidia” Romanos 13:13
El día lo esclarece todo. No obstante, tanto las contiendas como las envidias son parte de las tinieblas. No se hacen a la luz del día. Nunca he conocido a alguien que diga públicamente que sufre de envidia. Es un sentimiento oculto, que permanece en las tinieblas de los rincones más pecaminosos de nuestro corazón. Allí se asila, se alimenta, crece y a veces se manifiesta con las más bajas intensiones. La Palabra de Dios nos advierte que debemos andar como de día, mostrando nuestra cara y nuestra transparencia. La envidia debe desecharse tan pronto como aparece; de lo contrario, solo nos resta esperar los letales efectos personales y en los demás.

El gran himno del amor escrito por Pablo en Corintios 13, nos menciona esta palabra en el siguiente contexto:
“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece” 1Corintios 13:4

Bien sabemos que la palabra amor es una de las más prostituidas entre los vocablos de los seres humanos. El amor ha sido rebajado a expresiones de sensualidad, erotismo e inclusive tristes manifestaciones de bestialidad humana.
Relaciones sentimentales, fugaces o sensuales, han recibido el apelativo de amor. Se habla de “hacer el amor” como si aquello fuera una fábrica para producir algo material.
La biblia enseña que el amor tiene aquellos ingredientes menos apetecidos por los hombres. El sufrimiento y la benignidad no son parte del inventario de aquellas telenovelas o seriales en cuyos libretos abunda la palabra amor. Sin embargo, a la luz de lo que Dios enseña respecto al amor, el que ama sufre por causa del otro. Y no solo eso, sino que no hay cabida a la envidia a la jactancia o al envanecimiento. Cuando hay amor, no puede brotar la envidia, pero la envidia evidencia la carencia de amor.
LA ENVIDIA DENTRO DE LA IGLESIA
Cuando recién nos incorporamos a una iglesia, jamás nos imaginamos que existían aquellas tenebrosas sombras de las cuales veníamos escapando. Pensábamos que la iglesia era un refugio inmune al odio, a la vanagloria o a la envidia. Estábamos convencidos de que cada integrante de una iglesia ya no pecaba mas y que sus vidas gozaban de integridad y de plenitud. Cuan equivocados estábamos. No obstante, cuando aprendimos la lección fue un gran impacto a nuestra vida.
La iglesia de Dios esta compuesta por seres humanos pecadores que constantemente yerran al blanco, por lo tanto, todas aquellas bajezas y miserias nuestras aparecen en medio de himnos y cánticos sacros, arruinando y eclipsando todo. Entre ellas, la envidia.
Sin duda que la iglesia más carnal que la biblia presenta es la iglesia de Corinto. Allí había pecado de incesto, partidismos, pleitos, se cuestionaba el apostolado de Pablo y por cierto, había envidia entre los hermanos.
“Pues me temo que cuando llegue…haya entre vosotros contiendas, envidias, iras, divisiones, maledicencias, murmuraciones, soberbias, desórdenes” 2Corintios 12:20
El temor del apóstol revela ciertos precedentes que ya existían en esta comunidad de Corinto, iglesia que gozaba de cierta abundancia y de dones espirituales, sin embargo, había mucha carnalidad entre los hermanos. La envidia era una constante entre ellos.
Existe un hecho sintomático y frecuente que se da en las iglesias respecto a envidiar los dones y capacidades que Dios en su sola potestad y soberanía ha repartido a cada uno en particular.
Corinto era una iglesia que gozaba de varios dones espirituales, sin embargo y paradójicamente, la envidia de los hermanos los llevaba a despreciarse y a enemistarse entre sí, produciendo murmuraciones, bandos y pleitos entre ellos. Es por esa razón que Pablo se encarga de insistir que todo es por gracia y nadie es más importante que otro.
“porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales? ¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento” 1Corintios 3: 2-7

En este pasaje se deja ver con claridad la carnalidad de la iglesia de Corinto al formar partidos o bandos en su interior. Los celos y la envidia llevan a eso. Los Corintios se olvidaron de que todo es del Señor y que él es el que da el crecimiento.
No hay algo más triste que envidiar a un hermano por tal o cual razón. Por lo que tenga en términos materiales o en sentido espiritual. Envidia por asuntos seculares y por asuntos ministeriales. Envidia por lo que el otro posee y por lo que Dios le ha dado.
Esos sentimientos, son los que comienzan a quebrar la unidad de la iglesia. El que padece de envidia comienza lentamente a reclutar personas sensibles, con menor discernimiento y compatibles con sus incontrolables impulsos de envidia, y la faena llega a tal punto que sin darse cuenta, ya ha formado un partido o bando que le representa y le defiende. Obviamente, este desarrollo nunca declara su verdadera motivación, sino que se oculta tras argumentos insostenibles, llenos de toda falacia y actuación.

Pablo les dice a los gálatas:
“No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros” Gálatas 5:26
La envidia no solo carcome al envidioso, sino que a toda la iglesia, es por eso que debemos oportunamente extirparla.
Por lo general, el que envidia siente una gran, pero oculta admiración por el envidiado. Se siente menor y siente que no tiene la capacidad de tomar su lugar. Cuando estos sentimientos comienzan a gobernar la mente y el corazón de un individuo, es que estamos frente a un preocupante síntoma de descontrolada envidia. La biblia es tan fuerte para precisar y diagnosticar a este germen, que inclusive agrega:
“Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contienda; pero otros de buena voluntad” Filipenses 1: 15
Siendo viles pecadores, nos sorprende que la biblia enseñe que algunos predican a Cristo por envidia, cuanto mas tristeza sentirá el Señor Santo y Todopoderoso.
Por lo que vemos, la envidia nos enceguece y nos puede llevar a locura de tomar el nombre de Dios en vano. Predicar el evangelio por envidia es lo mas terrible que nos podría pasar. Fingir ser un predicador por envidia a quienes sí han sido llamados a predicar, es lo más nefasto que una persona puede hacer.
Así como este texto, los otros citados anteriormente siempre presentan juntos, a la envidia y la contienda, y no podría ser de otra forma, porque así como Saúl que por envidia inició una intensa contienda en contra de David, todo individuo preso de la envidia, tarde o temprano será causante de contienda y por ella, de destrucción.

Existe otro pasaje de la biblia que presenta este pecado cual fuego que se enciende y abrasa al individuo que la manifiesta.
“Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís” Santiago 4:2

Si no conociéramos la autoría de este texto, jamás nos imaginaríamos que se trata de una instrucción apostólica hacia hermanos de una iglesia cristiana.
Existen en las iglesias hermanos que codician cosas onerosas y ostentosas. Aun careciendo de lo básico, no están dispuesto a tener lo suficientemente necesario, sino que sus aspiraciones son tan elevadas, que nunca consiguen nada y continúan en la triste cadena de la indigencia y de la codicia. Por lo general, se dice que el que posee mucho es un codicioso, pero hay algunos que no teniendo lo básico, codician aquello que no logran conseguir.
Este arquetipo de personas y que cuesta decir que hay muchas en las iglesias, son por lo general, aquellos que la biblia dice que “arden” de envidia. Que se desesperan por no alcanzar lo que otros ya poseen. A estos, Dios les dice, que por causa de la envidia no reciben lo que tanto anhelan. La envidia es una resistencia u oposición a la gracia de Dios.
Los que viven envidiosos de sus vecinos, compañeros y hermanos, no soportan la prosperidad y los avances del otro, se entristecen cuando el otro es bendecido y usado por Dios. Se agobian al ver fluir la gracia y la bendición en sus semejantes. ¡Que triste es la vida en medio del fuego de la envidia!


Finalmente, a modo de conclusión, podemos decir que en nosotros se asila un germen destructivo y devastador que se llama envidia. En vano podemos decir que somos inmunes al desarrollo de parásito destructor. No obstante, sí podemos contrarrestar su manifestación, acudiendo de manera urgente al supremo cirujano, nuestro Señor Jesucristo, a penas intente mostrar su amenaza y sus efectos.
Amados hermanos, el creyente no ama la envidia, pero puede desarrollarla y es por eso la necesidad de abordar este tema con mucha madurez y responsabilidad. Cualquiera de nosotros puede el día menos pensado sentir envidia de alguien y es ahí, en ese preciso momento que nuestras rodillas se deben doblar y pedir auxilio al Dios soberano quien si tiene el poder y antídoto eficaz para derrotar el pecado.
La envidia a diferencia de otros pecados, es oculta y nadie puede acusarla con pruebas indubitables o empíricas. Es un monstruo que se esconde eficazmente en las cavernas más oscuras del descompuesto corazón del hombre.
Lo que parece una descripción tan cruda y casi exagerada, es parte de la realidad que no podemos ocultar y que ha través de la historia de la iglesia ha dejado saldos tristes e indelebles debido a cientos de contiendas, disputas y pleitos en medio de los santos que enlodan el testimonio de Cristo, atropellan la dignidad de los hermanos, apagan el espíritu, detienen el avance de la obra en el Señor y elevan un triste espectáculo ante un mundo incrédulo que se mofa y se justifica de estar afuera.

Hagamos caso a consejos como el del mismo apóstol Pedro cuando dice:
“Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor” 1 Pedro 2: 1-3
Que así sea, amén.

PEL2009

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