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“El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca” Lucas 6: 45
Dejando de lado todo prejuicio religioso y aquel continuo impulso del corazón para obtener una vida piadosa mediante esfuerzos humanos, creo que es oportuno meditar profundamente en las palabras de nuestro Señor Jesucristo respecto a analizar y velar por lo que se almacena y abunda en nuestro corazón.

El pasaje citado nos indica la manera de comprobar el tipo de provisiones que están alojadas en las despensas de nuestro corazón. Es evidente que en sentido natural, todos portamos un mal tesoro en un corazón perverso y engañoso (Jeremías 17:9), no obstante, aquel que está en Cristo tiene la bendición de llevar un nuevo y buen tesoro, cuyas riquezas provienen del cielo, y son aquellas las cuales nos alegran, nos edifican y nos permiten glorificar al Señor.

Pero como bien sabemos, en la vida del creyente no todo es “miel sobre hojuelas”, y a veces, nos vemos sacando y ventilando aquel mugroso tesoro antiguo en lugar de exhibir la belleza del nuevo. Esta realidad la comprobamos a través de la abundancia de nuestras palabras; ¿de qué hablamos los cristianos? ¿de política? ¿de deporte? ¿de la vanagloria de la vida? ¿de los deseos de la carne? ¿de la vida de los demás? Hay muchas cosas que en definitiva no son parte de los ingredientes que salen del nuevo y buen tesoro del corazón, sino que son propios de aquel antiguo cofre nauseabundo, lleno de todo humanismo y lejos de la gloria de Dios.

Hoy estamos bombardeados de lo que se conoce como “farándula”, la cual consiste en saber las intimidades que los mismos inmorales ventilan para ganar dinero fácil a costa de los necios que dan rating a los canales de televisión. “Que alguien se metió con un fulano, que éste la engañó, que el otro la dejó y que ella se fue con el otro, etc. etc.”, son las noticias que cada día invaden nuestros ojos y oídos. Esto me hace recordar la declaración del apóstol Pedro cuando decía:
“y libró al justo Lot, abrumado por la nefanda conducta de los malvados (porque este justo, que moraba entre ellos, afligía cada día su alma justa, viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos)” 2 Pedro 2:7-8
Esto que ocurrió hace muchos siglos atrás, es lo mismo que pasa y que cada creyente debe experimentar en la actualidad. No obstante, debemos asumir una actitud que nos permita abstenernos de esta arremetida brutal de secularismo que lamentablemente esta invadiendo también a la iglesia.

Cada vez con más frecuencia las conversaciones entre cristianos son más seculares que espirituales y son más banales que edificantes. A veces pareciera que la palabra de Dios se transforma en algo impertinente e inapropiado en nuestro menú de conversación. Es como que hablar de Cristo es sinónimo de fanatismo o ciutiquería. A veces hablar de farándula, de futbol, política o de la vanagloria de la vida, parece ser mas entretenido y cautivante, y todo, por causa de que en nuestro corazón abundan aquellas cosas. Rezongamos en contra de la farándula, pero sabemos todos los detalles de la misma. Nos quejamos de este mundo sin sentido y vacío, pero seguimos sus mismas disoluciones.
Por tal razón, es necesario realizar una profunda retrospección de nuestro corazón e investigar cual es el tesoro que esta abundando y que llena nuestros labios y elabora nuestras conversaciones.
“No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” 1 Corintios 15: 33
En el contexto de este pasaje la recomendación del apóstol apuntaba a no entrar en conversaciones que intentaban socavar la fe en la resurrección ya que corrompían el buen actuar y la esperanza del creyente. La misma aplicación podría darse en nuestra actualidad ya que existen muchos tópicos en las conversaciones de las cuales somos partícipes, que en nada son provechosos, por el contrario, son un flaco favor a nuestro crecimiento en Cristo. El llenarnos de malas conversaciones solo permitirá corromper nuestra buena conducta y proceder cristiano.
Pero para no entrar en esas vanas conversaciones, es necesario llenar nuestra vasija del buen y excelente contenido a fin de que nuestra boca abunde de la palabra de Cristo.
“La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría” Colosenses 3:16
Existe un llamado apostólico de excelencia y que invita a que en nosotros abunde la Palabra de Cristo con el propósito de enseñar y exhortar en toda sabiduría los unos a los otros. De esta manera nuestro corazón rebosará del célico tesoro y nuestra boca proclamará solo la gracia y la gloria de Dios aún en temas que tratan de nuestra vida familiar y en sociedad. Lo que Dios quiere de nosotros es lo siguiente:
“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” Efesios 4: 29
Esta demanda no es menor. Para cumplirla no solo basta el esfuerzo humano, ya que convertirse en un “sermonero legalista” cuyo corazón escasea de la Palabra de Cristo, nos transformaría en protagonista de un triste espectáculo que para nadie sería provechoso. Lo que debe cumplirse es la tónica que se pretende presentar en todo este estudio; debemos sumergirnos en el manantial de la Palabra de Dios y llenar cada rincón de nuestro corazón a fin de que cuando se abran nuestros labios, nuestra boca abunde en las riquezas de la sabiduría, gracia y amor de Cristo, edificando a aquellos que nos escuchan.


Esto no se logra solo con conocimiento de la biblia, sino que es menester someterse en cuerpo e intelecto a los designios divinos, renunciando a nuestros preceptos humanos y humanistas que solo buscan nuestra gloria. En otras palabras, es necesario vaciar nuestra vasija y luego llenarla con la excelencia de Cristo, entonces solo entonces, nuestra boca abundará en gracia.

Que necesario es empaparse de aquellos hermanos consagrados a Cristo y cuyas palabras revelan que en su corazón abunda la Palabra de Dios. Es como un oasis en medio del desierto, es como un sub mundo que no se ve con frecuencia y es como un bálsamo aplicado en una delicada herida.
Hablar de Cristo y de sus virtudes es mucho mejor que gastar el tiempo en vanas conversaciones sin provecho.
“Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad” 2 Timoteo 2:16
La Palabra de Dios nos manda a evitar las pláticas profanas e infructuosas porque lo único que acarrearán es impiedad, es decir, la gente que nos escucha, mayor razón tendrá para blasfemar el camino de la verdad.
Dios nos ayude a proveer para que en nuestro corazón sobreabunde la palabra de Dios y con ello nuestra boca la pueda proclamar a tiempo y fuera de tiempo. Que podamos escapar de los fuertes vientos de secularismos que nos están azotando y así reivindicar las reuniones y conversaciones cristianas, lejos del canturreo mundano que para nada sirve. Que así sea amén.

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